Lápices, rotuladores y bocetos

Las últimas semanas me las he pasado algo alejado del taller. Retomé mi viejo oficio de diseñador gráfico y estuve trabajando en la creación de un calendario y en la imagen para una lata de pimentón. Tengo la intención de hacer, más adelante, un apartado en esta web para mis proyectos gráficos.

Me apasiona el trabajo. Desde cero. Incluso las primeras reuniones con el cliente, cuando vas captando las señales que te llegan desde su incertidumbre y comienzas a orientarle; los esbozos que salen en ese primer contacto suelen marcar una buena senda, aun deslavazada, por la que caminar.

Y después, ver, leer, una charla, cualquier palabra, un gesto, pasear, una secuencia de una película, tal vez un olor en un momento dado, todo ese tiempo de aparente pereza en el que tu mente está abierta, sin tú ser demasiado consciente, y es primordial porque ahí surge la inspiración y no en ninguna musa.

Me fascina el proceso de bocetado, la pelea contigo mismo. Y Hacer las fotos. Hacer todas las fotos. Creo que eso por encima de todo. Me pasé una mañana rodeado de vacas, primero con el tiempo suficiente para que se acostumbraran a mi presencia, tirando fotos mientras comían o se solazaban. Ninguna otra actividad me hace pasar el tiempo más rápido que la fotografía.

A primeros de semana envié el trabajo a imprenta. La peor parte, sin duda. El arte final, la incertidumbre. Quienes formen parte del oficio sabrán de lo que hablo… en fin, la suerte está echada.

Ahora he retomado la actividad en el taller. Pero como quiera que el ordenador, y los rotuladores y mi querido PentelGraph ya se habían acostumbrado a que les hiciera más caso que el de costumbre, aquí estoy ilustrando una propuesta. Me acompañan mi pingüino un té Earl Grey y la extraordinaria y desgarradora versión de River Matthews del «The House of the rising sun».

By |2018-12-15T18:29:16+00:0015 diciembre, 2018|día a día, reflexiones|Sin comentarios

Deje su comentario