Nací en una lluviosa ciudad del Norte de España. Di mis primeros pasos sobre un ajado suelo de roble, en una vieja casa con la estructura de madera. Desde la ventana del salón podía atisbar el homenaje a un extinto carbayo. Una vez, mi hermano y yo, enterramos un palo en la ladera de una montaña para no volver jamás a buscarlo. Sigo sin recordar cuándo me regalaron aquella peonza de haya que se negó a girar. También eran de haya unos graciosos coches que nos compraban en una tienda cercana. Alguna vez me subí al corazón de una higuera, e hice mi primera navegación oceánica en un cansado queche de pino americano. No conocí a mi abuelo materno, pero sé que se volvió de la Argentina para trabajar vendiendo muebles en Asturias. A los veintiocho años fui yo el que inicié otro camino, ahora de ida, para aprender a diseñar muebles como los de mi abuelo, pero a mi manera. Creo firmemente que la mejor manera de ser Geppetto es empezar viviendo como Pinocchio. Y sé que no hay dos maderas iguales ni un único camino para llegar a la meta.
